Ejemplo de una entrevista

Me encuentro con J.D. Barker en la cafetería de un céntrico hotel de Barcelona. Lo primero que me sorprende es su amabilidad y su carita de no haber roto un plato en su vida. Este hombre que nos ha hecho sudar tinta con la Trilogía del Cuarto Mono y que a mí me ha tenido dos noches en vilo con su recién publicado El último juego tiene aspecto de profesor de instituto que alumnos y madres adoran. A pesar de sus más de cincuenta años, parece un treintañero un tanto rebelde, habla muy rápido con una voz grave y meliflua, parece mentira que de esa cabeza hayan surgido tanta violencia, tanta trama inquietante, tanta sangre. En El último juego, Jason Briggs es una polémica presentadora de radio que ha conseguido uno de los mayores índices de audiencia por decir lo que piensa. Una mañana cualquiera, recibe en su programa la llamada de un oyente que le propone un juego… Briggs acepta sin darse cuenta de que ha caído en una trampa mortal. Decir que el ritmo es trepidante es poco, si en las novelas de El cuarto mono la tensión va en ascenso con pequeños remansos para tomar aire, en El último juego, Barker no da tregua… te deja colgando del precipicio en cada capítulo hasta el desenlace final. Una novela que habla de venganza, sí, pero también de reconocer culpabilidades, de buscar responsables y de las consecuencias de todas y cada una de las decisiones que tomamos.

¿Por qué una emisora de radio, has trabajado en alguna?

No, no, qué va. Eso sí, he investigado bastante hasta para saber cómo funciona. El caso es que yo estaba muy impresionado con Howard Stern que es capaz de estar ahí en antena cada día cinco horas seguidas. Un tipo infatigable, muy controvertido, que no se corta… y pensé… ¿y si alguien cometiera un delito y lo confesara en su programa? Esa fue la idea primigenia.

Pero en lugar de Stern aparece Jordan Briggs

Sí, pensé en el personaje, y cuando decidí que fuera una mujer todo tenía más sentido. Una mujer ambiciosa con una tacha en su pasado que estaba casi a la cabeza de la profesión. Ahí hay algo, tenía que ser mujer mi protagonista. Puede que te guste o no te guste, pero tiene muchas facetas, al igual que Charlotte, su hija. Trato de crear personajes que tengan una vida, fuera de la novela, que el lector tenga que imaginar, qué pasó antes, qué pasará después. Eso es lo que el lector siga imaginando la historia cuando cierra el libro.

Es un juego para Jordan pero también para el lector que va descubriendo las pistas que tú vas dejando en el texto…

Y para mí también. Yo no planeo la historia de antemano, sino que tengo una idea general y creo un escenario personajes sólidos y creíbles, cada uno con su personalidad. Pero luego no sé por dónde voy a ir, son los personajes los que me llevan. Es como si se proyectase una película en mi cabeza, que yo escribo luego. Esas pistas de las que hablas son también nuevas para mí, no sé qué significan pero sé que significan algo. Y eso es porque es algo que llevo haciendo desde hace mucho tiempo y he aprendido a confiar en mi subconsciente: si dejo algo en alguna parte, es porque es útil para la trama. De alguna forma mi cerebro piensa en qué voy a hacer después con eso, y acaba usándolo, porque tenía un propósito, aunque mi yo consciente no supiera para qué era. Así que más bien yo descubro las pistas de forma similar a como las halla el lector.

Entonces escribes de una tirada, sin mucha planificación.

Exacto, si ves mi despacho, no encuentras una pizarra ni un corcho donde colocar algún tipo de esquema, solo hay una cosa, mi ordenador. Lo que yo hago es luego ser muy crítico conmigo mismo. Llevo muchos años escribiendo, primero como periodista y luego he estado veinte años como escritor fantasma. Sé qué funciona y qué no y lo que hago es, cuando he acabado el libro, me lo leo de forma crítica, como un editor y quito todo lo que sobra, lo que no sea relevante. La clave para ser buen escritor es saber qué eliminar. Elimino siempre muchísimas páginas.

¿Fuiste escritor fantasma?, ¿de quién?, ¿puedes decirlo?

No, no puedo, ya sabes, por cuestiones de confidencialidad. De hecho eso es lo que me llevó a escribir con mi nombre mi primera novela. Yo tenía un trabajo que odiaba en una gestora de inversiones. Estaba muy bien pagado, pero lo que realmente me gustaba era escribir, que era el trabajo que hacía al salir de mi empleo. Era escritor fantasma, escribía libros que luego otras personas firmaban con su nombre y se llevaban el mérito.